Estoy leyendo, sentado en la butaca, ante el radiador. Una taza bien oscura de café con leche me estimula y hace aún más agradable este momento perfecto. Voy sorbiendo mi café a pequeños tragos, sabrosos chupitos que impregnan la boca de fragancia. Por pericia o por azar, he acertado con la mezcla: la proporción idónea de cada ingrediente, el toque exacto de crema y amargor con la pizca de azúcar que le quita la rabia a la bebida. Existe el punto de sazón en que una sencilla receta se convi...
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