Cerró el puño y notó la rugosidad de la piedra, la cual lanzó muy lejos. Las ondas del río llegaron hasta sus pies desnudos, helados e insensibles ante cualquier roce. Se abrazó las rodillas y tumbó la cabeza sobre sus manos.
La quietud del agua no la ayudaba, no ayudaba a sus viles y crueles pensamientos que amenazaban con destruírla. Pensó en él, el chico que la dejaba sin aliento, sin vida, sin norte. Reboloteaba su imagen por cada recoveco de su manipuladora imaginación, no lograba dejar de...
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