LA DEPRESIÓN
Cuando esa enfermedad tan ambigua llamada Depresión se coló en mi vida, mi persona sufrió una apreciable transformación, un cambio que también afectó a las personas que comparten mi vida y mi entorno más cercano.
Es verdad que siempre fui celosa de mi intimidad. Mi mundo siempre ha sido un coto cerrado donde solo han conseguido entrar aquellos que de una u otra forma son afines a mi persona o, con mi persona, pero a partir de entonces, me convertí en alguien solitario, huraño y triste. Al principio, esa tristeza era tan profunda que lloraba a menudo, la mayoría de veces sin motivo aparente. El tener un carácter que evita dejar entrever sentimientos, mis propias lágrimas me producían desconcierto, me costaba entender que me pasaba.
Estar depresiva o, tener depresión es algo normal en nuestra sociedad, sobre todo para la mujer a partir de una edad determinada. Pero, una cosa es conocer las estadísticas y, otra diferente aceptar la realidad.
Así, de esa forma pasé a cambiar todos mis hábitos prácticamente de la noche a la mañana. Actividades que hasta ese momento habían sido el motor de mi vida las aparqué. Dejé de salir cada mañana a andar y ver como amanecía en este pequeño rincón del mediterráneo. Dejé de aprender, de escuchar música, de leer, de … De alguna forma, me convertí en un sujeto pasivo. Alguien que dejaba pasar la vida sin tomar parte en ella, simplemente la observaba desde un rincón.
No es que halla tenido nunca “un millón de amigos” como dice Roberto Carlos en su famosa canción. Pero si me siento orgullosa de los que tengo, algunos de ellos han resistido la erosión del tiempo y su amistad es tan antigua como mi persona. Durante esa época, ni a ellos los soportaba. No lo hacía por fastidiar, simplemente su presencia o su conversación me cargaban, sobre todo si me encontraba en un espacio cerrado. Dentro del hogar las cosas cambiaban, es decir eran peores. Perdí el equilibrio del cual siempre me sentí orgullosa, mi estado de ánimo pasaba en cuestión de segundos de un enorme complejo de culpa por tratar mal a la persona que compartía mi vida, a momentos de violencia totalmente ajenos a mi carácter hasta entonces.
Han pasado casi tres años. Con ayuda profesional incluyendo medicación y sobre todo, con una paciencia como la de Job por parte de los míos, empieza a brillar de nuevo el sol en mi vida. No estoy segura que vuelva a ser la de antes, posiblemente sin depresión tampoco lo sería, tres años más en la madurez se hacen notar.
Físicamente, lo que más se aprecia en mi persona son esos kg de más que la falta de ejercicio y la medicación me han añadido. Algo normal, teniendo en cuenta que pasé de dormir tres o cuatro horas en la noche, a dormir doce y trece. Eso y la pasividad que se instaló en mi hizo el resto.
Por otro lado, las crisis de la vida (la depresión no deja de ser una crisis) te aportan siempre alguna cosa al tiempo que pierdes otra. Algunas de las que pierdes son recuperables, otras por el contrario desaparecen totalmente, la vida se las traga como si aquel defecto o, aquella virtud nunca hubieran formado parte de esa persona. Aunque, no siempre se puede definir con exactitud “eso o, aquello”, lo que se queda y lo que se va.
Por el contrario, otras son tan evidentes que de nada sirve obviarlas. Perdí la ilusión por aprender, gané la necesidad de expresar mis sentimientos en la escritura. Perdí el interés de comunicarme con mis amigos, gané la curiosidad de saber algo de mi …
Contar todo esto, no tiene la más mínima importancia para los demás, en cambio para mi, es la señal que la situación ha dejado de superarme. Diría que, de una u otra forma, soy yo la que va superando la situación. Antes, cuando sentía pasión por aprender y me costaba lo mío explicar conceptos básicos, tenía una mínima, si podía explicarlos o poner un ejemplo, significaba que lo entendía. Estas letras, me dicen que si puedo escribir lo que me pasa, también puedo solucionarlo. Un problema entendido, es un problema solucionado.
(Eso quiero creer)
30/03/09
