El sonido de sus propios pasos le resultaba amenazador. El eco reverberaba en las paredes, volviendo en forma de rumor lóbrego y siniestro. Una luna menguante brillaba sobre la ciudad, delgada como un filo de navaja, enmarcada por nubes alargadas y fibrosas. Reinaba una calma aparente, que hacía aún más lúgubres aquellas calles solitarias.
Avanzaba deprisa, procurando no volver la vista atrás. Conocía aquel entramado de callejuelas cercadas por edificios ruinosos como la palma de su mano. Estaba acostumbrado a volver tarde a su casa y, por lo tanto, a caminar a altas horas de la noche por aquellas barriadas. Pero esa vez todo era distinto. Un sentimiento extraño anidaba en su mente, despertando temores que creía olvidados.
La culpa era de aquel maldito artículo, ese despiadado recorte de prensa sensacionalista que poblaba sus peores pesadillas desde hacía varios días.
Encuentran un nuevo cadáver en las calles
El cuerpo presentaba devastadores síntomas de violencia. La policía se niega a dar más detalles, pero nuestras fuentes internas afirman que la víctima estaba salvajemente despedazada. Se barajan distintas hipótesis, aunque ninguna es capaz de explicar satisfactoriamente lo sucedido…
Siempre lo mismo. Parecía que toda su vida se remontaba a aquel día en que la fatalidad se introdujo en su vida, como una intrusa de labios de sangre. Jamás olvidaría aquel encuentro, el momento en que su destino quedó sellado. Sabía que volvería a encontrarla, una y otra vez. No importaba que pasaran los años, los siglos. No importaba que fuera con otro nombre, con otra cara. Ella siempre regresaba, como una maligna cazadora cerniéndose sobre su presa. Él sabía que no debió interponerse en su camino. Ahora había vuelto, sedienta de venganza, y no tardaría en encontrarle.
Y la llamaban la Sin Rostro, a pesar de que tenía miles de nombres. Pero nadie que hubiera contemplado la cara de la mismísima Muerte había sobrevivido para contarlo.
Nadie, salvo él. Quizá lo que sucedió fue un simple capricho. Un deseo que ella, la Segadora de Almas, quiso hacer realidad. O tal vez fue un accidente, y su destino era perecer en sus manos igual que tantos otros habían hecho antes. Había desoído aquello que la vida tenía deparado para él. ¿Hasta cuándo tendría que soportar la agonía de seguir existiendo de aquella manera? Siempre temeroso de que la Sin Rostro volviera, de encontrársela tras cualquier esquina, esperándolo…
En cualquier caso, la idea de volver a encontrarla provocaba que le burbujeara la sangre. No podía negárselo a sí mismo. No era tan estúpido para hacerlo. Estaba enamorado de la Muerte, y aquel sentimiento le impedía continuar su vida en paz. En el fondo, anhelaba volver a perderse en aquellos ojos oscuros, repletos de secretos velados e inefables, antiguos como el tiempo.
Un aliento helado recorrió la calle, erizándole el vello de la nuca. Las pocas farolas que trataban de arrojar luz a aquella tiniebla impenetrable parpadearon un instante, como cegadas por una sombra mayor, a la que eran incapaces de hacer frente. En aquel momento supo que la funesta intuición que le había acompañado desde que leyó el artículo estaba a punto de cumplirse.
Allí estaba ella, con la espalda apoyada contra la pared de un edificio, con la calma y la paciencia que sólo poseen los que están por encima de toda ley. Era tal como la recordaba. Hay ciertas cosas que no se difuminan con el paso de los años, que permanecen grabadas a fuego en la memoria. Ése era el caso de la Arlequín.
El tiempo no pasaba para ella, simplemente la acariciaba, haciéndola más sombría y hermosa. Iba vestida exactamente como él recordaba, con un vestido a rombos rojos y negros, como si quisieran recordar su función en el mundo. La que controlaba las vidas humanas, como si de un juego de azar se tratara. Por eso la llamaba así. Sus labios rojos, trazados a pincel, estaban ligeramente curvados en una sonrisa siniestra, y su piel color marfil pálido parecía relucir en la oscuridad, cubriendo cada centímetro de su cuerpo frío y perfecto. El cabello oscuro le enmarcaba la cara, sin ocultar un ápice su belleza sobrecogedora.
Una Diosa de la destrucción, preciosa y temible a la vez. Su Diosa. Sólo para él.
No tembló cuando los ojos oscuros de ella se clavaron en los suyos. Tampoco desvió la mirada. Había quedado atrapado para siempre en aquellos abismos de negrura. La poseyó una vez, y el precio que debía pagar era su propia vida.
Apenas se dio cuenta de que se acercaba a él. No dejaba de sonreír, mostrando unos dientes afilados y níveos. Aceptado ya su destino, había olvidado el terror que le inspiraba aquella criatura de los infiernos, y estaba dispuesto a morir por y para ella. No le importaba entregarle su alma en bandeja de plata, si la Arlequín se la pedía. Sabía que había nacido para aquel momento, que durante toda su vida había aguardado el fin de sus días.
Sólo duró un instante. Los labios entreabiertos de ella rozaron su cuello, para dejar paso después al beso mortífero del acero. Sentía que un líquido caliente escapaba de él, su sangre, su vida. Y a pesar de eso, sentía frío. Fue consciente de que aquel ser adorablemente cruel lamía el líquido carmesí que había quedado en su arma, entre fascinada y divertida. Después, se perdió en las oscuridades del abismo del que jamás debió haber salido, dejando tras de sí el calor de la sangre derramada.
Él, agonizando sobre el impávido asfalto, alcanzó a comprender en los últimos instantes de su vida que ella jamás le había correspondido. La Muerte era voluble, y sólo se preocupaba de sus víctimas cuando aún tenían algo que ofrecerle. En cuanto había sellado su final, desaparecía entre las sombras, dejándoles abandonados con la soledad y el miedo, fieles colaboradores.
Allí se quedó, hasta que sus ojos ya no lograron enfocar a su alrededor, añorándola y maldiciéndola en silencio.
La Arlequín, su amada Arlequín…
