Concurso EC - El reflejo

Las historias de terror siempre han asustado a los más pequeños, ¿probarás también con los mayores? ¿Serás capaz de tenernos en vilo hasta el final?

Concurso EC - El reflejo

Notapor Katia el 08 Jun 2008, 10:08

EL REFLEJO

Hoy salí a la calle desesperada. Necesitaba huir de los gritos de la discusión del trabajo. Surcaba el cielo una desordenada bandada de gaviotas, volando cada una a su aire. Me dio por pensar en cómo se sentirían. Parecían tan libres. Me acordé de mi profesora de Filosofía del Bachillerato: una vez dijo en clase, mientras miraba por la ventana, que le gustaría volar muy lejos como un ave.

Esta gripe me dura más de lo que esperaba. No le encuentro sabores a la comida. Si sólo fuera eso lo que me sucede… Últimamente no ando bien. No sé qué ocurre. Es algo parecido a vivir en una permanente pesadilla. No me concentro. Los demás hablan: los oigo, pero no los escucho. Estoy ensimismada. Y triste. Le he cogido miedo a dormir (quién lo diría que esto me pasara a mí, que me encantaba). Pero hace poco he descubierto que da igual: el sueño o la vigilia. Siempre veo lo mismo. Debo estar loca. Me digo a mí misma: “Adriana, mejor no se lo cuentes a nadie. Vas a acabar internada”. Me explico mejor: siento un frío punzante, que no me abandona. La atmósfera a mi alrededor parece pesar, volverse densa. Y entonces aparece ese ser. Lo veo desenfocado. Me sobresalto. Cierro los ojos con fuerza. Noto su respiración cerca de mí. Soy presa del pánico. ¿Es una alucinación? No lo sé. Al principio sólo se asomaba a mis sueños. De un tiempo a esta parte su presencia me acompaña a todas partes.

Me da la impresión de que el ser es muy inteligente, no sé bien el porqué. Querría preguntarle ¿quién eres? ¿Por qué me sigues? Estuve cerca de formularle tales cuestiones, pero entonces se alejó de mí con el mismo ímpetu de una potente ráfaga, tirándome al suelo. Y ahí me quedé semi-inconsciente
Me levanté al día siguiente, y me miré al espejo: el vapor del agua de la ducha me impedía verme con claridad. Intenté limpiar el cristal, pero volvía a empañarse de nuevo con pasmosa facilidad. Había olvidado la pesadilla de la noche anterior. Incluso pensé que no había soñado nada.

Aquel viernes 29 de febrero fue uno de los más vacuos de mi vida. La desidia me poseía inexplicablemente. Una tristeza yerma: un abatimiento absurdo e inmotivado me bloqueó buena parte de la jornada laboral. Publicista y sin ninguna idea. Mis dedos que antes volaban sobre el teclado frenéticos… Y la situación no cambió. Fue entonces cuando empecé a pensar que era la creatividad la que me había poseído y acompañado hasta entonces, como una fuerza misteriosa ajena a mí, y le había llegado el momento de despedirse. ¿Qué me estaba ocurriendo? Tal vez todo era producto de la soledad…
Necesitaba dormir imperiosa y desesperadamente.

La angustia me tenía cada vez más extenuada, con lo que no me resultó difícil cumplir mi propósito. Me quedé dormida en el sofá frente a la televisión encendida. Esta vez me ví a mí misma en sueños corriendo atemorizada por una sombría estancia claustrofóbica, que se iba estrechando a medida que iba avanzando por ella, perseguida por el mismo ser de la noche anterior, y una vez más, todo era tan real e insoportable… El aire era de un rojo espeso y sangrante, gelatinoso, como el del famoso cuadro “El Grito”, del expresionista Munch. “Esto no es verdad, ¡quiero despertarme!”. En ese instante volví a la realidad, y… ¡Ese ser!
¡Estaba ahí, de pie, frente al sofá! Examinándome con esa inteligente mirada de sus inquisitivos ojos… Otra vez podía percibir ese olor procedente de esa densa atmósfera que lo rodeaba. ¿Cómo era posible? ¡Estaba alargando el brazo hacia mi desnudo hombro! ¡Y esta vez estaba despierta! Y ahora quería todo lo contrario: dormir, descansar, desconectarme totalmente de esa realidad que apenas se lo parecía. Cerré los ojos con todas mis fuerzas a la vez que exclamé: “¡Vete!” a voz en grito, una y otra vez, hasta perder la cuenta. Abrí los ojos, y él ya no estaba. Ahora no sabía a ciencia cierta lo que había pasado. ¿Cuándo desperté de verdad? ¿La primera o la segunda vez? Y lo más extraño fue que al verlo recordé la pasada noche.

Fui corriendo a la cocina con los ojos arrasados de lágrimas. “Seguro que no estaba despierta. Es el mismo del sueño de anoche. Debe de haber sido una pesadilla, o de lo contrario, puede que… ¡Dios! ¡Puede que esté volviéndome loca!”.
Preparé un litro entero de café. No dormiría; así, ese ser oscuro no se me aparecería más. Pero fue inútil: pese a mi vigilia forzada, lo volví a ver. Estaba lloviendo caudalosamente, y entreví su horrible rostro dibujado por las minúsculas gotas de agua. Mi sistema nervioso se vino abajo. Un amargo sabor se me vino repentinamente, la visión se me nubló a la vez que un zumbido muy agudo atronó mis oídos. Y me desmayé.

La rutina laboral se me hacía cada vez más pesada: la voluntad me faltaba por todas partes. En esos días sucesivos, mi inesperado e indeseado “compañero” de ojos vacuos seguía pegado a mí. Tenía miedo de ir a un psicólogo. Recordaba haber leído que ciertas enfermedades podían llegar a producir alucinaciones precursoras de una muerte segura. ¿Estaba muriéndome, entonces? Me resigné, y ya no le rehuí más a la compañía oscura que invisible a los ojos de los demás me acechaba.

En el metro me reencontré con aquel viejo conocido olor que acompañaba sus apariciones, cuando tuve que dejar el coche en el taller por el accidente. Sí, tuve un accidente de tráfico, del que salí ilesa. Concluí tras él que debía dejar el volante hasta que acabara todo.

- ¿Qué te ocurre? – inquirió mi compañero de trabajo-. Vamos a tomar un café, anda, a ver qué me cuentas.
- Marcos, no te puedo contar lo que me sucede, ¿me entiendes? En realidad no es para contárselo a nadie –y las lágrimas se me saltaron-.
Al fin, logré reunir el valor suficiente para contarle lo que me estaba sucediendo. A Marcos le sorprendió que no hubiera ido aún al médico, ni demandado ayuda alguna. Nos reunimos en el despacho suyo ese mismo día, olvidando por completo la hora del almuerzo, y él se puso a tratar de hallar una respuesta en Internet. Cuando ya andaba cansado de descartar hipótesis, halló una página con un artículo.
¡Con un artículo que encajaba por completo en los síntomas que ella le había descrito!

“En la teoría del pensamiento-forma es posible que las emociones negativas puedan engendrar seres en otra dimensión, en un plano puramente ontológico. Hasta la Teoría de la Relatividad de Einstein, no fue estudiada desde el punto de vista científico (sólo desde la perspectiva de la literatura de ciencia-ficción) la existencia de otra u otras dimensiones diferentes de las ya conocidas. Expresado así, puede parecer increíble, como también lo fue en su día la teoría del heliocentrismo de Copérnico. El conocimiento humano avanza y lo hace de forma exponencial, con lo que nuestras mentes no están adaptadas para asumir los nuevos hallazgos de la tecnología o de la ciencia con la misma velocidad con que los mismos se producen. En esta tesis, habría, según la intensidad y la fuerza misma del pensamiento negativo, en correlación, distintos tipos de seres oscuros que absorberían la alegría de la persona que los había generado en aquella otra posible dimensión en la que existían.

Según sus premisas, también a la inversa podía producirse este proceso. Esto es, las emociones positivas podían hacer nacer entidades luminosas en esa otra dimensión”

Era eso lo que me pasaba… Ahí estaba la respuesta. Marcos tenía prisa, hoy venía su suegra y su mujer le llamó por el móvil. Fue visto y no visto. Se esfumó.

Sentí una extraña liberación. Es verdad que últimamente andaba negativa, pesimista. Las defensas por los suelos: no sólo no me había curado de la gripe, sino que seguía sin hallar los sabores de los alimentos. Pensé que debía ser más optimista, ver las cosas buenas de la vida, y no centrarme tanto en lo que me faltaba. Carecía de lo esencial: de afecto, de compañía. Salí a la calle y me encaminé con paso apresurado a mi casa. Estaba llena de proyectos con los que llenar mi vida… Me apuntaría a clases de inglés, leería más. Me distraería. Iría a correr los domingos. Haría cosas por los demás y olvidaría mi egoísmo. Todo iba a mejorar.

Llegué casi sin aliento al portal. Estaba lloviendo y me olvidé el paraguas. Sin embargo, no me mojé mucho. Corrí entre los charcos. Fue entonces cuando supe la verdad de todo: abrí la puerta y…
¡La ví! Caminaba por el pasillo con la mirada apagada hacia donde yo estaba. ¡Ella era yo! ¡Idéntica a mí! ¿Por qué no podía verme? ¡Dios! Es ella la que está viva: El ser al que veía siempre junto a mí… Soy el reflejo de su oscuridad…

FIN
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Re: Concurso EC - El reflejo

Notapor Echedey Chemida el 11 Jun 2008, 20:15

Es bueno, ese estado se llama "oscuaración ontica", el relato quizás adolece de previsibilidad, pero se lee bien y se llega hasta el final sin dificultad. Sabes que ese es uno de los graves problemas de los elatos cortos cuando se hacen largos. Que a nadie le gusta sobrepasar una pantalla. Pero la historia está magnificamente contada.

Abrazos, Echedey

PD.-Muy bueno tu blog
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Re: Concurso EC - El reflejo

Notapor Katia el 20 Jun 2008, 18:56

Gracias Echedey Chemida :) ¿Quieres decir que el final era previsible, no? Vaya, intenté lo contrario :)

Te envío un m.p. :)
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