Después de levantarme bastante cansado, la mañana no me atraía en absoluto. El recorrido en metro siempre me aburría y allí estaba yo, sentado en un vagón adormilado. La gente subía y bajaba y el aburrimiento se estaba apoderando de mi, cuando de repente me llamó poderosamente la atención los pies de una señorita que acababa de entrar. La verdad es que no sabía si llorar o reír. Tuve que contenerme para que la gente que viajaba conmigo, no pensara que tenían delante un loco riendo a carcajadas,...
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